Un deslizamiento de tierra en Cerro del Chiquihuite, México, fue responsable de la muerte de cuatro personas, la destrucción de más de una docena de viviendas y la reubicación de cientos de residentes. Crédito: Gobierno de Tlalnepantla de Baz, estado de México
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This is an authorized translation of an Eos article. Esta es una traducción al español autorizada de un artículo de Eos.

“Otra vez no, por favor”, pensó Sofía López cuando un sismo de magnitud 7,1 sacudió la Ciudad de México el 7 de septiembre.

López se encontraba en su viaje diario de 2 horas desde su trabajo en el centro de la ciudad hasta su casa en Ecatepec, uno de los municipios más inseguros del Estado de México, que en ese momento estaba inundado por fuertes lluvias.

“Ha pasado mucho tiempo desde que me sentí tan vulnerable, tan desprotegida…. Ayer sentí el peso de mi realidad como mujer de la periferia mexicana.”

Se fue la electricidad, y mientras que la luz tardó unos cuantos minutos en regresar al centro de la ciudad, en Ecatepec tomó más de 3 horas. López tuvo que caminar 20 minutos entre calles inundadas y completamente a oscuras para llegar finalmente a su casa.

“Ha pasado mucho tiempo desde que me sentí tan vulnerable, tan desprotegida…. Ayer sentí el peso de mi realidad como mujer de la periferia mexicana”, dijo López.

Las inundaciones en Ecatepec comenzaron 2 días antes del terremoto y terminaron 3 días después. Los escombros de casas, vehículos y tierra quedaron por todas partes. Crédito: Gerardo Galeana

La “periferia” incluye todos los municipios que rodean la zona central de la Ciudad de México en la Zona Metropolitana del Valle de México. La región es un sistema urbano complejo cuyo crecimiento ahora incluye la totalidad o parte de los límites políticos y administrativos de la Ciudad de México, el Estado de México y el estado de Hidalgo.

Pere Sunyer, geógrafo social de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa, dijo que la extrema centralización de empleos y servicios en la Ciudad de México ha obligado a las personas a buscar lugares para vivir cerca, pero fuera de la ciudad, donde el precio de la tierra es más bajo que en la zona central.

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, cada semana se realizan más de 34 millones de viajes en la Zona Metropolitana, el 58% de quienes viven en la periferia pero que trabajan o estudian en la ciudad.

En un área urbana con una población de más de 8 millones y un tipo de suelo que la hace muy propensa a desastres durante un sismo, un sistema de alerta sísmica es crucial: el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX) opera 12,826 alertas localizadas en toda la ciudad que advierten de terremotos inminentes con alrededor de 60 segundos de advertencia.

El 7 de septiembre, la Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil de la Ciudad de México informó que el 98% de las alertas SASMEX funcionaron correctamente. Solo 175 no lo hicieron, lo que para Xyoli Pérez-Campos, sismóloga del Instituto de Geofísica (IGEF) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es una buena noticia, considerando que la Ciudad de México es una de las áreas urbanas más grandes de América Latina.

Una de las alertas que no sonó fue ubicada en una esquina de la casa de Yareli Arizmendi en Iztapalapa, el municipio más poblado de la Ciudad de México. Ella logró escuchar una alerta de una escuela primaria cercana. Pero para Arizmendi y la mayoría de los habitantes de las zonas periféricas de la ciudad, las alertas no funcionales son solo uno de los problemas que enfrentan cuando ocurre un terremoto.

Doblemente vulnerable

Iztapalapa es el hogar de 1,835,486 personas, el 20% de la población total de la Ciudad de México. Al mismo tiempo, tiene una de las tasas de pobreza más altas.

El municipio también se ubica en lo que se llama la “zona de transición”, que separa la zona montañosa de la ciudad de la zona lacustre. La zona de transición tiene “un suelo blando y arcilloso que tiene la característica de amplificar o incrementar la amplitud de las ondas sísmicas”, explicó el sismólogo Raúl Valenzuela del IGEF-UNAM.

El suelo afecta directamente el comportamiento de la infraestructura incrustada en y por encima de él. En 2017, cuando el terremoto más destructivo de los últimos 31 años azotó el país, varias calles de Iztapalapa se agrietaron, lo que provocó la rotura de tuberías y dejó a unas 500,000 personas sin servicio de agua durante semanas.

El cartón cubre las agrietadas calles de Iztapalapa, México, luego del terremoto de magnitud 7.1 el 19 de septiembre de 2017. Crédito: Rodrigo Botello

“Cada vez que hay un terremoto [incluido el del 7 de septiembre], la tubería aún se daña y sale agua sucia del grifo”, dijo Arizmendi.

Según Lourdes García, una arquitecta de la UNAM, los gobiernos pasados de la Ciudad de México promovieron una “urbanización extensa y segregante” a lo largo de los años al ubicar viviendas públicas en zonas de la ciudad donde la tierra es más barata y no apta para el desarrollo urbano—como el área de transición en Iztapalapa.

Esta zonificación hace que los habitantes sean doblemente vulnerables: un riesgo se caracteriza por problemas sociales como la pobreza y otro por amenazas naturales. “La vulnerabilidad es la incapacidad de prevenir, hacer frente y recuperarse del impacto de un desastre. No es sólo social, sino multidimensional”, dijo García.

Una montaña de riesgo

Tanto Ecatepec como Iztapalapa también comparten otra característica: Las personas más pobres de su población se han asentado en áreas montañosas. Aunque no hay grandes edificios propensos a derrumbarse (como en el centro de la ciudad), los peligros no son menores.

Las viviendas en las laderas ponen a los residentes en riesgo de deslizamientos de tierra. Tan sólo 3 días después del terremoto del 7 de septiembre, por ejemplo, un deslizamiento de tierra en el Cerro del Chiquihuite, Tlalnepantla -otra zona periférica al norte de la Ciudad de México- dejó cuatro muertos, incluidos dos infantes.

Aunque no ha habido una decisión final sobre qué causó exactamente el deslizamiento de tierra, “es muy posible que la combinación de fuertes lluvias y el terremoto lo haya causado”, dijo Valenzuela.

El cartón cubre las agrietadas calles de Iztapalapa, México, luego del terremoto de magnitud 7.1 el 19 de septiembre de 2017. Crédito: Rodrigo Botello

Once días después del desastre, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador dijo que todas las familias que viven en ese lugar “tan peligroso”—no solo las 42 que perdieron sus hogares en el deslizamiento de tierra—serían reubicadas.

A mediados de octubre, 144 viviendas del barrio habían sido evacuadas y el 70% de la población se encontraba viviendo en viviendas temporales provistas por el gobierno de Tlalnepantla, explicó Samuel Gutiérrez Macías, coordinador general de Protección Civil y Gestión Integral de Riesgos del estado de Tlalnepantla. México. Los residentes restantes, dijo, se negaron a abandonar sus hogares porque tenían miedo de perder sus pertenencias materiales.

Gutiérrez también dijo que el municipio brindó apoyo por un monto de MXN $5,000 (US $270) a todas las familias durante 3 meses, y el gobierno estatal entregó MXN $30,000 (US $1,620) adicionales a quienes perdieron sus hogares. (Aquellos con trabajos formales en Tlalnepantla tienen un ingreso mensual de alrededor de US $432).

Incluso con el apoyo del gobierno, no se ha decidido la zona definitiva de reubicación porque “aún no se ha determinado cuál será el mecanismo de ayuda, si será la compra de su propiedad o la reubicación”, escribió Gutiérrez.

Pero el verdadero problema es la falta de política de vivienda, explicó Sunyer. Sin una política de vivienda pública o asequible, los trabajadores y estudiantes no tienen garantizados lugares para vivir cerca de la ciudad. Esta situación obliga a la gente a construir casas en lugares que para empezar nunca debieron estar poblados y que ahora son casi imposibles de evacuar porque las familias han hecho su vida allí.

“Es lo mismo si hablamos de terremotos, inundaciones o incendios: las consecuencias siempre serán pagadas primero por las mismas personas”, concluyó Sunyer.

—Humberto Basilio (@humbertobasilio), Escritor de ciencia

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This translation by Pedro A. Tristán Flores (@pedroadad99), with editing by Edith Emilia Carriquiry Chequer (@eecarry), was made possible by a partnership with Planeteando. Esta traducción fue posible gracias a una asociación con Planeteando.

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